Aquellas palabras dejaron helado mi corazón.
Dos meses.
Seguía repitiendo aquellas palabras en mi cabeza, asombrada, preocupada, angustiada, con miedo. Aquél miedo que se fue esparciendo lentamente por cada rincón de mi cuerpo. Por dentro sentía que me estaba muriendo, por fuera demostraba una alegría inmensa por aquella noticia. No era falsa, más aquél dolor que atrapó a mi corazón en ese mismo momento era más fuerte que cualquier otro sentimiento.
Si hubiera estado en algún lugar seguro posiblemente me habría derrumbado. ¿Por qué?
Aquella pregunta resultaba tan absurda, tan banal, tan ilógica, carecía de sentido. Más en alguna parte de mi corazón algo se hizo añicos.
Entonces las vi, sonrientes, felices y yo también sonreí.
Debía controlarme antes de que mi imaginación escapará hacía lugares a los que no quería ir, debía ser consciente de las palabras que días atrás habían salido de mi boca. Debía, debía, debía. Mi corazón tan solo quería gritar.
El tema está fuera de discusión. Yo fui quien la aceptó así, con ella, con todo. No puedo borrar de su vida un pasado que no escribí, que decidió por su propia cuenta, del que es responsable. Más en mi cabeza sigue rondando aquella pregunta.
¿Y si fuera de ella?
No sé, ni quiero saber. Aquél anonimato que a ella tanto le hace feliz es mi pequeño salvavidas. Si ella no lo sabe, yo tampoco lo sabré. Ruego que se parezca a ella, más por mi bien que por el suyo, más por miedo que por sincera felicidad. Y es ahí cuando me doy cuenta del monstruo que soy. Tan envidiosa, tan orgullosa, tan celosa.
La amo. La amo tanto que el miedo a perderle crece con cada día que paso a su lado. No, no es el miedo a que decida elegir a alguien sobre mi, no. O tal vez tan solo una pequeña parte de mi corazón lo siente.
Se que no tengo nada que decir, que no tengo el derecho.
Más duele, cada palabra de cariño, cada sonrisa, los abrazos. Duele.
